José Jiménez Guerrero, hermano de Zamarrilla e historiador, comparte su reflexión y su sentir sobre el Jueves Santo de la Semana Santa de Málaga 2020 

José Jiménez Guerrero.

MÁLAGA, 09 DE ABRIL DE 2020.-

Estamos en cuarentena. Y ante la situación que nos ha tocado vivir, estimo que es un buen momento para leer nuestros libros de historia y para recordar que nuestros antepasados atravesaron por situaciones semejantes. Y también, es conveniente evocar —¡qué frágil es la memoria!— que Málaga tiene un Patrón al que se le atribuyó la extinción de la epidemia de 1649 y al que tradicionalmente se acudía y se le solicitaba el final de épocas de calamidad colectiva: el Cristo de la Salud. ¡Que buena ocasión para recuperarlo y para que cada 31 de mayo, día de su festividad, sea procesionado por las calles malagueñas!

Pero hoy es Jueves Santo.

Y este año, rememoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo desde nuestras casas, en la intimidad del hogar. Y rezaremos, no ante nuestros titulares, pero sí con Ellos.

Y ante unas ‘estampas o fotografías’ (como se hizo en épocas pretéritas), ante imágenes que permanecen en el álbum de nuestra memoria, o ante las que nos sirvieron los medios de comunicación, volveremos a recuperar escenas vividas y sentidas en los templos, en las casas de hermandad, en las calles y plazas de nuestra Málaga con cada una de nuestras cofradías.

Y sobre todo rogaremos, porque también es tiempo de petición. Imploraremos el fin de la epidemia que nos asola y desconsuela. Pero la añoranza o la nostalgia no debe dar paso a la melancolía. Nuestra historia nos enseña que los cofrades siempre han sabido estar a la altura de las circunstancias adversas que les ha tocado vivir en épocas concretas. Y debemos seguir dando lo mejor de nosotros mismos, cada cual en su parcela y con lo que pueda aportar, ayudando a nuestros hermanos, cofrades o no cofrades, creyentes o no creyentes. Y seguro que volveremos con más fuerza que nunca; y dejaremos lo virtual a un lado; y recuperaremos las bullas de Semana Santa, los rezos ‘a pie de acera’, los reencuentros emocionados, los abrazos no dados, los besos perdidos, las emociones cofrades no sentidas…

Y cada uno de nosotros recordará…

A la Sagrada Cena Sacramental y a la Virgen de la Paz por Puerta Nueva. Y agradeceremos a quienes permiten que nuestros alimentos lleguen a las mesas de nuestras casas: desde transportistas a empleados, tenderos, personal de supermercados…

A Santa Cruz, iniciando su procesión desde la iglesia de la Santa Cruz y San Felipe Neri. Y será un buen momento, cuando recemos a la Madre, para recordar a nuestros mayores —cuánto se les echa de menos—, sin duda, de los más afectados por esta pandemia. Y pediremos consuelo y protección para los que tanto dieron a esta sociedad. Y también para los que ni tan siquiera se han podido despedir de sus seres queridos.

A Vera Cruz por las naves catedralicias. Y estaremos junto al madero donde murió el que nos enseñó: el Maestro. Y entonces, podremos agradecer a quienes enseñan. A los se han sabido adaptarse a una situación extrema para no privar a sus alumnos de la enseñanza y de la cercanía de sus maestros y profesores en los distintos niveles educativos. Y también a los que nos aportan información, a los periodistas de medios escritos, radiofónicos o audiovisuales. Y pediremos para que sigan informando con rigor y con la verdad, por dura que sea. Que su labor es impagable y que son vanguardia de nuestras libertades.

Al Nazareno de Viñeros, con la llave del Sagrario, y la Soledad del Traspaso, “a cielo abierto”.

Y agradeceremos el trabajo de los agricultores, ganaderos, pescadores y empleados en las fábricas, que se esfuerzan para que el alimento o el material sanitario no falte en los hogares y en los hospitales.

Al Cristo de los Milagros y a María Santísima de la Amargura —siempre con el recuerdo de su ermita, “la catedral del pueblo en calle Mármoles”— por la Tribuna de los Pobres. Y será entonces cuando captemos que la advocación del Crucificado tomará más sentido que nunca. Y la rosa roja de la Virgen de Zamarrilla se tornará de color blanco, como si ya fuese Viernes Santo. Y lo hará, simbólicamente, en honor de los sanitarios que mitigan la amargura de los enfermos. Y nuestros aplausos cofrades se extenderán a quienes trabajan en los hospitales, ambulancias, centros de salud, farmacias…

Al Cristo de la Buena Muerte y a Nuestra Señora de la Soledad por la calle del Marqués de Larios. Y mientras ‘El novio de la muerte’ resuene en el cielo malagueño, será el momento en el que, desde lo más profundo de nuestros corazones, agradezcamos a nuestras Fuerzas Armadas, Protección Civil, Bomberos, Policía Nacional, Policía Local y Guardia Civil, la labor que realizan.

Al Cristo de la Misericordia y a la Virgen del Gran Poder por la calle Ancha del Carmen. Y les pediremos que no nos dejen caer en el suelo de la desesperanza, que otorguen las fuerzas a los que en primera línea combaten el mal que nos aflige e iluminen a quienes tienen que tomar las decisiones que a todos nos afectan.

Al Nazareno del Paso bendiciendo a Málaga en la plaza y a la Virgen de la Esperanza pisando el romero por nuestras calles. Y a la Esperanza, como es “de todos”, le pediremos que fructifique el trabajo de quienes luchan desde la soledad de los laboratorios para buscar remedio científico ante la epidemia que nos asalta.

Y cuando de madrugada ya sea Viernes Santo, seguro que cada uno de nosotros soñará con un nuevo Jueves Santo y expresará un deseo que aspira que se cumpla.

Y permítanme que finalice expresando y compartiendo el que me acompaña desde hace dos años:

Me ilusiono con el próximo Jueves Santo, 1 de abril de 2021, en el que, recuperando lo que ha sido tradicional hasta el año 2018 y que considero como una seña de identidad en la procesión de la Hermandad de la Amargura, tras el manto de mi Virgen de Zamarrilla, de nuevo se extienda “el romero de la Esperanza”.

José Jiménez Guerrero
Málaga, Jueves Santo 9 de abril de 2020