Rafael Contreras, hermano del Sepulcro y decano de los periodistas cofrades malagueños, comparte su sentir sobre la Navidad de 2020

MÁLAGA, 26 DE DICIEMBRE DE 2020.

Como custodio de la Luz de la Paz de Belén en mi cofradía tengo que estar atento todos los años para que la llama que arde pase de una vela a otra antes de que la cera se acabe y se apague. Sin solución de continuidad también ha llegado a nuestros días el mensaje de la Navidad, aunque algunos soplen con la intención de apagarlo. Ahí están la Iglesia y como parte de ella las hermandades tanto de pasión como de gloria para conservarlo.

Este año mi familia decidió prescindir de la cena colectiva de Nochebuena por razones de seguridad en plena pandemia y aquí se cumplió aquello de “cada uno en su casa y Dios en la de todos” Y así debe ser cuando por las mismas circunstancias nos tengamos quedar en casa a esas horas en que tradicionalmente las calles de nuestra ciudad se llenaban de una multitud de devotos y espectadores, aunque no podría decir en qué proporción. Para el “espectador”, si no hay cabalgatas ni procesiones, no hay Navidad, ni Reyes Magos, ni Semana Santa. El “devoto” –no necesariamente beato- sabe que, aunque no haya espectáculo, se mantienen las celebraciones religiosas y la auténtica fraternidad y no la fingida en los mensajes publicitarios.

Y hablando de hermandad, una cofradía es precisamente eso. Se celebran cabildos generales y no juntas generales de accionistas. No cotiza en bolsa más o menos porque haya habido más o menos procesiones. Lo que paga un hermano no es a modo de inversión, aunque resulta difícil explicarle a un “cuaresmero” que los hermanos de una cofradías estamos a las duras y a las maduras. El fallo está cuando por afán recaudatorio no se comprueba previamente la vocación cofrade del nuevo “socio”. Yo he visto a mi abuelo (q.e.p.d.) decir “vuelva usted el año que viene” al candidato que no daba muestras de su interés religioso para formar parte de la hermandad. La culpa la tienen quienes a los aspirantes le leen sus derechos y no sus obligaciones.

Para mi familia no ha sido un fracaso no celebrar la cena colectiva de Nochebuena cuando en los días y horas previas se ha venido participando en las ceremonias religiosas, incluida que Misa del Gallo que por celebrarse cada vez más temprano algunos denominan “la Misa del Pollito”. La Iglesia, como siempre, supo adaptarse a las circunstancias que antes eran de orden público y miedo a la delincuencia y que ahora lo son de seguridad sanitaria.

En Navidad ocurre también como el resto del año en que a muchas cofradías le resulta difícil conseguir que sus hermanos participen en los actos comunitarios. La mayoría de las veces la parroquia del barrio en que uno vive no coincide con la sede canónica de la hermandad. Hay, además, hermandades sin barrio. Resulta difícil hacerle ir de un barrio a otro. “Yo oigo misa en mi parroquia”. “Yo celebro la Nochebuena y la Pascua de Resurrección en mi parroquia”. Son excusas para no acudir a la llamada de la cofradía. También está la picaresca de quien no oye misa ni en su parroquia ni en su cofradía.

Otra novedad de estas fiestas es que quienes se alimentaban del cotilleo y politiqueo en la vida de las hermandades se han quedado mudos ante lo serio de la situación. Hasta el Nazareno indiscreto teme herir sensibilidades. Es muy aburrido hablar sobre la forma de vivir una Semana Santa sin tronos, pero cargada de religiosidad.

Querido lector: te deseo que pases lo que queda de Navidad de la mejor manera posible. En medio de esta pandemia y de sus horrores siempre podemos encontrar pequeños oasis de felicidad, como cuando vemos un video de nuestros Sagrados Titulares en los tiempos de esplendor procesionista o cuando vemos o leemos que mañana comenzará la administración de la vacuna.

A los Reyes Magos les pediremos un manual para administrar una cofradía en tiempos de crisis económica. O mejor: un libro de magia.

Rafael Contreras Ojeda.

Periodista y Cofrade.