María del Carmen Ledesma, hermana mayor de la Cofradía del Amor y la Caridad y vicepresidenta 5ª de la Agrupación de Cofradías, comparte su sentir sobre la Navidad de 2020

MÁLAGA, 27 DE DICIEMBRE DE 2020.

Evangelio según San Lucas (2,41-52, del domingo, 27 de diciembre de 2020).

“Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua.

Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y cuando terminó,   se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.

Éstos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.

Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:

«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Él les contestó:

«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».

Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.

Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.”

Tras haber celebrado la llegada de Jesús entre nosotros y a lo más profundo del corazón, después de haber vivido un período de preparación reflexionando sobre su significado y muy especialmente en estos momentos tan poco imaginables para nadie, en los que nos sobrecogemos con los números de fallecidos y de familias rotas por diversos motivos, en los que a veces la luz se convierte en tinieblas, los cristianos volvemos, una vez más, a mostrarnos generosos; hemos sido llamados a transmitir la alegría y a ser ejemplos vivos del amor que Dios derrama sobre nosotros.

Es muy importante que esta etapa nos haya servido para reflexionar acerca de nuestra vida espiritual, de nuestro compromiso como cristianos, para entender que no sólo debemos hacer un esfuerzo por ser buenas personas con los demás en este período de tanta sensibilidad, sino que nuestra actitud de servicio se mantenga siempre.

Ha sido un tiempo de miradas a nuestro interior para valorar y reconocer nuestras limitaciones, pero también de ilusiones renovadas, de implicarnos y de entregarnos a los demás con dedicación ante tanto dolor como el que estamos viviendo.

Los cofrades siempre hemos sido conscientes de nuestra misión, de lo imprescindible que es estar unidos y hacernos presentes colaborando en cualquier actividad que se nos requiera a beneficio de los que más lo necesitan. La obra social de las hermandades y cofradías siempre tienen un protagonismo especial, son fundamentales para entender nuestra idiosincrasia, y desde ese compromiso hemos vuelto a entender que la llegada de Jesús nos une en un camino común.

Con alegría, miramos este tiempo de Navidad. Un tiempo en el que volvemos aprender de la entrega de nuestra bendita madre, siempre dispuesta a ayudar y servir.

En el evangelio de esta semana, nos encontramos con un momento clave de la vida de Jesús. Supone un episodio imprescindible para entender su misión. Hay muchos elementos que nos permiten reflexionar sobre ellos y trasladarlos a nuestra vida en hermandad.

Perdido y hallado en el templo. Cuántos momentos de angustias debieron pasar José y María durante la búsqueda frenética hasta encontrar a su Niño y más aún, hasta la aceptación de lo que estaban viendo y viviendo.

¿Nos imaginamos una pérdida semejante? ¿Nos hacemos eco de las pérdidas y del seguimiento de los hermanos de nuestras hermandades? ¿Salimos en su búsqueda?

El evangelio nos ofrece un horizonte, una escena en la que podemos posicionarnos e identificarnos con las diferentes perspectivas. ¿Somos nosotros, los que sólo escuchan el mensaje y se encuentran felices sin poner nada a cambio, sin ser capaces de dejar atrás nuestra soberbia, que nos hace sentirnos autosuficientes sin permitir que llegue a nuestras vidas el mensaje que Jesús vino a darnos?

¿O por el contrario nos mostramos generosos y expectantes con el prójimo, dispuestos a ayudarles, a aprender y disfrutar del encuentro con los hermanos? ¿En qué momentos nos hacemos conscientes de nuestra verdadera misión y transmitimos las enseñanzas del Padre haciendo de nuestras cofradías verdaderos lugares para caminar y crecer en la fe?

Pongámonos ahora en la situación de Jesús, sabiendo que tenemos que dejar a un lado lo cotidiano y poner nuestro esfuerzo en lo esencial, en romper las ataduras que nos llevan a vivir la vida, en muchos casos, sin principios, de manera superflua, cómoda, sin compromiso, sin hablar de Dios por temor o porque no se lleva, evitando ser valientes para colocarle a Él en el centro de nuestras vidas. Si no damos un paso adelante recogiendo la bandera de la fe, actuando con perseverancia, con conciencia de quiénes somos, no conseguiremos llenar nuestro camino de sentido, será un discurrir triste por la vida.

Y “después de tres días” termina la angustia de José y María y “encuentran a Jesús en el templo…” Ojalá este inmenso gozo de sentir la llegada de Jesús sea siempre el mismo para que crezcamos en sabiduría caminando juntos de la mano de nuestra bendita Madre.

Feliz Navidad.