El responsable eclesiástico anima a los cofrades a que se ayuden “unos a otros con el amor fraterno, estimulándonos en seguir el Evangelio y rechazando lo que el Papa describe como mundanidad espiritual” 

Manuel Ángel Santiago Gutiérrez, delegado episcopal de Hermandades y Cofradías de la Diócesis de Málaga.

MÁLAGA, 1 DE MARZO DE 2020.- 

Queridos miembros de las Hermandades y Cofradías:

Como comunidad creyente somos muy conscientes de la presencia del Señor en medio de la historia, historia de amor y misericordia, historia que es salvación y vida eterna. Es lo que celebramos continuamente en los sacramentos y acentuamos con carácter especial en los tiempos litúrgicos, entre ellos la Cuaresma y la Pascua, memoria de la muerte, resurrección y ascensión del Señor al cielo. Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por El para comunicarnos su gracia su redención que es liberación integral de cuerpo y de alma, del pecado y de la muerte. Con otras palabras son el culmen y la fuente de toda la vida cristiana, toda otra acción catequética, caritativa, social y evangelizadora deben conducir al hombre a esta comunión con Cristo realmente presente en los sacramentos y a la vez, alimentados con ellos, la Iglesia sale al mundo a anunciar aquella palabra que es vida para el mundo y fuente inagotable de alegría.

Las prioridades pastorales de la Diócesis de Málaga nos recuerdan que el apostolado de los laicos es una participación en la misión salvadora de Cristo la cual es continuada por la Iglesia como sacramento universal de salvación. Ningún cristiano y menos aún un cofrade, debe sentirse dispensado  de la llamada a ser testigo del don recibido en el bautismo. Todos misioneros, todos apóstoles.

El desafío que tenemos hoy como comunidad cristiana es inmenso, pero no debemos dejarnos abatir por las dificultades que el mundo actual nos presenta; con la luz del Señor Resucitado y la fuerza siempre nueva y santificante del Espíritu Santo, somos convocados a imaginar y abrir nuevos caminos para una presencia evangelizadora más viva y eficaz, cofradías convertidas en escuelas de vida cristiana y verdaderas plataformas de evangelización, aquí radica la identidad más profunda de nuestras vidas y de nuestras asociaciones católicas. Me cuesta trabajo entender una vida cristiana sin formación, sin celebración sacramental de los misterios de Cristo, sin misión, indiferentes al sufrimientos de los hombres.

Con mucha frecuencia se nos dice con toda profundidad y razón que no puede haber evangelización sin evangelizadores convertidos a Dios en alma y cuerpo. “El hombre es interpelado en su libertad por la llamada de Dios a crecer, a madurar, a dar fruto. No puede dejar de responder; no puede dejar de asumir su personal responsabilidad” (Chl 57 – 58) También a nivel comunitario y como hermandades hemos de asumir la dulce y confortadora misión de anunciar el nombre de Jesús. El impulso apostólico de los laicos no proviene de una decisión voluntarista, ni puede suplirse por métodos y estructuras, ni puede sostenerse con experiencias efímeras de entusiasmo religioso. Un renovado ardor misionero solo puede surgir de una vida cristiana madura, cuyos rasgos coinciden con  la llamada a la santidad y a las obras de misericordia como nos indica el Papa Francisco (EG).

La Cuaresma y la celebración gozosa y alegre de la Pascua nos deberían ayudar a todos a renovar nuestra vida interior mediante la oración, el ayuno y la limosna instrumentos que al día de hoy siguen ayudándonos en nuestra lucha por vivir con más intensidad el evangelio de Cristo en un espíritu de conversión que nos conduce a una verdadera vida de santidad en la cotidianidad de nuestros ambientes.

Las hermandades y cofradías no lo olvidemos nunca, tienen como fin prioritario al ser Asociaciones Públicas de Fieles el dar gloria a Dios. “Nosotros también, en el contexto actual, estamos llamados a vivir el camino de iluminación espiritual que nos presentaba el profeta Isaías cuando se preguntaba qué es lo que agrada a Dios: «Partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora» (Is 58,7-8).

Pero, ¿cuál es el culto que más le agrada? Podríamos pensar que damos gloria a Dios solo con el culto externo, con sacar en procesión una imagen de Cristo, la Virgen o un santo Patrón o Patrona y la oración, o únicamente cumpliendo algunas normas éticas, Francisco el sucesor de Pedro nos dirá en la Exhortación Apostólica Gaudete et exultate: “―es verdad que el primado es la relación con Dios―, y olvidamos que el criterio para evaluar nuestra vida es ante todo lo que hicimos con los demás. La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor. Nuestro culto agrada a Dios cuando allí llevamos los intentos de vivir con generosidad y cuando dejamos que el don de Dios que recibimos en él se manifieste en la entrega a los hermanos”. Por la misma razón, el mejor modo de discernir si nuestro camino de oración y nuestro ser cofrade es auténtico será mirar en qué medida nuestra vida se va transformando a la luz de la misericordia. Porque «la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos». Ella «es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia.

Queridos cofrades, desde la perspectiva anterior, es bueno acoger en nuestras vidas las sabias palabras de Santo Tomás de Aquino cuando se planteaba cuáles son nuestras acciones más grandes, cuáles son las obras externas que mejor manifiestan nuestro amor a Dios. Él respondió sin dudar que son las obras de misericordia con el prójimo, más que los actos de culto: «No adoramos a Dios con sacrificios y dones exteriores por él mismo, sino por nosotros y por el prójimo. Él no necesita nuestros sacrificios, pero quiere que se los ofrezcamos por nuestra devoción y para la utilidad del prójimo. Por eso, la misericordia, que socorre los defectos ajenos, es el sacrificio que más le agrada, ya que causa más de cerca la utilidad del prójimo… Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia. Es lo que había comprendido muy bien Santa Teresa de Calcuta: «Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás» (GE 104 – 107).

Hemos de ayudarnos unos a otros con el amor fraterno, estimulándonos en seguir el evangelio y rechazando lo que el Papa describe como mundanidad espiritual. “La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal. Es lo que el Señor reprochaba a los fariseos: «¿Cómo es posible que creáis, vosotros que os glorificáis unos a otros y no os preocupáis por la gloria que sólo viene de Dios?» (Jn 5,44). Es un modo sutil de buscar «sus propios intereses y no los de Cristo Jesús» (Flp2,21). Toma muchas formas, de acuerdo con el tipo de personas y con los estamentos en los que se enquista. Por estar relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre se conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto. Pero, si invadiera la Iglesia, «sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral» (EG 93 – 96).

Que la vivencia intensa de este tiempo de gracia que el Señor nos concede nos ayude a todos en nuestra vida cotidiana y cofrade.

Manuel Ángel Santiago Gutiérrez 

Delegado episcopal de Hermandades y Cofradías de la Diócesis de Málaga